Ayer en un salón de pies, me rompieron la defensa con las palabras de un técnico desconocido.
Cuando iba a pagar, ella me detuvo en silencio, bajando la voz y diciendo: “Hermano, no compres directamente. Hay cupones en 👮.” Como vio que no sabía cómo hacerlo, tomó mi teléfono y me ayudó a gestionarlo. Luego, en voz baja, añadió: “Hermano, cuando bajemos... no le digas al dueño que fui yo quien enseñó.” En esta ciudad en la que he estado varios años y que aún se siente fría, de repente fui golpeado por esa amabilidad desconocida.
Por instinto, le pregunté: “¿Puedo... abrazarte?” Ella se quedó un momento, sonrió y abrió los brazos: “Claro, te abrazo.”
En ese instante, entendí que no estaba lavando pies, sino que estaba en la sociedad, arrastrándome por un barro frío y duro. Este acto debe ser añadido, no es un gasto, sino que es pagar por una calidez auténtica y rara en la ciudad.
👮JC: “Sigue hablando...”
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Ayer en un salón de pies, me rompieron la defensa con las palabras de un técnico desconocido.
Cuando iba a pagar, ella me detuvo en silencio, bajando la voz y diciendo: “Hermano, no compres directamente. Hay cupones en 👮.” Como vio que no sabía cómo hacerlo, tomó mi teléfono y me ayudó a gestionarlo. Luego, en voz baja, añadió: “Hermano, cuando bajemos... no le digas al dueño que fui yo quien enseñó.” En esta ciudad en la que he estado varios años y que aún se siente fría, de repente fui golpeado por esa amabilidad desconocida.
Por instinto, le pregunté: “¿Puedo... abrazarte?” Ella se quedó un momento, sonrió y abrió los brazos: “Claro, te abrazo.”
En ese instante, entendí que no estaba lavando pies, sino que estaba en la sociedad, arrastrándome por un barro frío y duro. Este acto debe ser añadido, no es un gasto, sino que es pagar por una calidez auténtica y rara en la ciudad.
👮JC: “Sigue hablando...”