¿Qué transforma una isla turística en un lugar donde la gente elige quedarse a construir sus vidas? En Boracay, la respuesta va más allá de playas idílicas y atardeceres de postal. Para quienes han decidido establecerse aquí, existe un factor común: descubrieron que este rincón de Filipinas reúne características de lo que los expertos llaman “Zonas Azules” — territorios con tasas significativamente menores de enfermedades crónicas y mayor longevidad, donde la alimentación, el movimiento natural y la comunidad son pilares fundamentales.
Historias de quienes eligieron quedarse
Kit llegó como nómada digital. Una vez que el confinamiento por COVID finalizó, se hizo una pregunta crucial: “¿Por qué permanecería en Manila si puedo desarrollar mi trabajo desde Boracay mientras disfruto del kitesurf?” Su lógica fue simple: productividad remota combinada con pasión por los deportes acuáticos.
Will, quien superó la barrera de los 50 años, buscaba escapar del ritmo agitado de la capital. Como el único soltero de su círculo, tomó la decisión de trasladarse a la isla para supervisar las operaciones del CaféGotSoul Boracay. Lo que comenzó como una gestión temporal se convirtió en una razón para quedarse.
Dian, oriunda de Cebu, aceptó un puesto laboral en Willy’s desafiando las reservas de su entorno. Esa determinación inicial la llevó a ocupar posiciones de liderazgo en establecimientos como Levantin, ubicado en la playa de Bulabog. Su experiencia refleja cómo la isla genera oportunidades de crecimiento profesional.
Y existe Julia. Nacida en Suecia en 1989, llegó a Boracay tras trabajar como voluntaria en hospitales en India. La isla la cautivó con intensidad suficiente para quedarse. Aquí formó familia, crianza a dos hijos y desarrolló un portafolio empresarial que incluye Lemon Café en D’Mall, Dinibeach Bar and Restaurant, y Diniview Resort — ubicado en lo alto de una colina que ofrece vistas de atardecer comparable a las que disfrutarían desde un mirador como Railay Viewpoint. Su vida cotidiana refleja precisamente qué hace de Boracay una “Zona Azul”.
El ritmo de vida que prolonga la existencia
“Todos caminamos por la isla constantemente”, comenta Julia. “Es absolutamente natural para nosotros desplazarnos sin depender de vehículos motorizados”. Esta movilidad activa constituye una de las características definitorias de las Zonas Azules.
El acceso a productos frescos del mar y vegetales de origen local es otro factor distintivo. Julia enfatiza que sus restaurantes no ofrecen carnes procesadas o alimentos ultra-refinados. “Contamos con aire limpio y oxígeno fresco que permea cada rincón”, añade.
El tejido comunitario aquí es palpable. Will disfruta de su trayecto caminando hacia el trabajo. Recientemente, los negocios de la zona —Jony’s, The Lazy Dog, Lemon Café y otros— actuaron en conjunto para redistribuir empleados durante la crisis de COVID, evitando despidos masivos. Existe un atleta extranjero que corre 18 kilómetros diarios por los caminos locales, y un kitesurfista japonés de 82 años continúa activo en la Freestyle Academy Kitesurfing School. “Así funciona la vida aquí”, reflexiona Dian desde su oficina a solo cinco minutos a pie de su residencia.
Desafíos y resiliencia
Sin embargo, vivir en una isla paradisíaca conlleva vulnerabilidades propias. El confinamiento por COVID dejó cicatrices profundas. Aunque Boracay evitó contagios masivos, muchos negocios cerraron definitivamente por la caída del turismo. La crisis se sumó a la “limpieza” ordenada durante la administración Duterte en 2018 y un tifón devastador en 2019. El resultado fue traumático: 40 suicidios durante el confinamiento.
Los residentes se reinventaron. Algunos trabajadores aprendieron múltiples oficios —seguridad, cocina, limpieza— para mantener operaciones esenciales. Los empresarios se solidarizaron, compartiendo personal entre sus negocios para evitar desempleo total.
Guardianes del ecosistema
Julia asume también un rol de liderazgo ambiental como presidenta de Friends of the Flying Foxes (FFF), organización establecida en 2002. Los zorros voladores (murciélagos frugívoros) son responsables del 90% de la reforestación natural de Boracay, aspecto crítico para mantener la isla habitable.
Los monitoreos mensuales de la población de murciélagos han documentado una disminución preocupante originada por caza ilegal y excavadoras que continúan operando ilegalmente, talando árboles sin permisos y destruyendo refugios naturales. FFF no se opone al desarrollo, pero insiste en que debe realizarse bajo regulaciones ambientales estrictas.
Julia resume la filosofía compartida por los residentes comprometidos: “Somos afortunados de vivir en esta isla hermosa, nuestro hogar bendecido. El espíritu de la comunidad es lo que nos sostiene sin importar las circunstancias. Cuidar la isla, su medio ambiente, su gente y fauna es nuestra prioridad permanente”.
Boracay, entonces, no es solo un destino de vacaciones. Para quienes como Julia, Will, Kit y Dian eligieron quedarse, es un laboratorio viviente donde la longevidad, la comunidad y el compromiso ambiental se entrelazan naturalmente.
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Boracay: Cuando la isla se convierte en destino de vida, no solo de vacaciones
¿Qué transforma una isla turística en un lugar donde la gente elige quedarse a construir sus vidas? En Boracay, la respuesta va más allá de playas idílicas y atardeceres de postal. Para quienes han decidido establecerse aquí, existe un factor común: descubrieron que este rincón de Filipinas reúne características de lo que los expertos llaman “Zonas Azules” — territorios con tasas significativamente menores de enfermedades crónicas y mayor longevidad, donde la alimentación, el movimiento natural y la comunidad son pilares fundamentales.
Historias de quienes eligieron quedarse
Kit llegó como nómada digital. Una vez que el confinamiento por COVID finalizó, se hizo una pregunta crucial: “¿Por qué permanecería en Manila si puedo desarrollar mi trabajo desde Boracay mientras disfruto del kitesurf?” Su lógica fue simple: productividad remota combinada con pasión por los deportes acuáticos.
Will, quien superó la barrera de los 50 años, buscaba escapar del ritmo agitado de la capital. Como el único soltero de su círculo, tomó la decisión de trasladarse a la isla para supervisar las operaciones del CaféGotSoul Boracay. Lo que comenzó como una gestión temporal se convirtió en una razón para quedarse.
Dian, oriunda de Cebu, aceptó un puesto laboral en Willy’s desafiando las reservas de su entorno. Esa determinación inicial la llevó a ocupar posiciones de liderazgo en establecimientos como Levantin, ubicado en la playa de Bulabog. Su experiencia refleja cómo la isla genera oportunidades de crecimiento profesional.
Y existe Julia. Nacida en Suecia en 1989, llegó a Boracay tras trabajar como voluntaria en hospitales en India. La isla la cautivó con intensidad suficiente para quedarse. Aquí formó familia, crianza a dos hijos y desarrolló un portafolio empresarial que incluye Lemon Café en D’Mall, Dinibeach Bar and Restaurant, y Diniview Resort — ubicado en lo alto de una colina que ofrece vistas de atardecer comparable a las que disfrutarían desde un mirador como Railay Viewpoint. Su vida cotidiana refleja precisamente qué hace de Boracay una “Zona Azul”.
El ritmo de vida que prolonga la existencia
“Todos caminamos por la isla constantemente”, comenta Julia. “Es absolutamente natural para nosotros desplazarnos sin depender de vehículos motorizados”. Esta movilidad activa constituye una de las características definitorias de las Zonas Azules.
El acceso a productos frescos del mar y vegetales de origen local es otro factor distintivo. Julia enfatiza que sus restaurantes no ofrecen carnes procesadas o alimentos ultra-refinados. “Contamos con aire limpio y oxígeno fresco que permea cada rincón”, añade.
El tejido comunitario aquí es palpable. Will disfruta de su trayecto caminando hacia el trabajo. Recientemente, los negocios de la zona —Jony’s, The Lazy Dog, Lemon Café y otros— actuaron en conjunto para redistribuir empleados durante la crisis de COVID, evitando despidos masivos. Existe un atleta extranjero que corre 18 kilómetros diarios por los caminos locales, y un kitesurfista japonés de 82 años continúa activo en la Freestyle Academy Kitesurfing School. “Así funciona la vida aquí”, reflexiona Dian desde su oficina a solo cinco minutos a pie de su residencia.
Desafíos y resiliencia
Sin embargo, vivir en una isla paradisíaca conlleva vulnerabilidades propias. El confinamiento por COVID dejó cicatrices profundas. Aunque Boracay evitó contagios masivos, muchos negocios cerraron definitivamente por la caída del turismo. La crisis se sumó a la “limpieza” ordenada durante la administración Duterte en 2018 y un tifón devastador en 2019. El resultado fue traumático: 40 suicidios durante el confinamiento.
Los residentes se reinventaron. Algunos trabajadores aprendieron múltiples oficios —seguridad, cocina, limpieza— para mantener operaciones esenciales. Los empresarios se solidarizaron, compartiendo personal entre sus negocios para evitar desempleo total.
Guardianes del ecosistema
Julia asume también un rol de liderazgo ambiental como presidenta de Friends of the Flying Foxes (FFF), organización establecida en 2002. Los zorros voladores (murciélagos frugívoros) son responsables del 90% de la reforestación natural de Boracay, aspecto crítico para mantener la isla habitable.
Los monitoreos mensuales de la población de murciélagos han documentado una disminución preocupante originada por caza ilegal y excavadoras que continúan operando ilegalmente, talando árboles sin permisos y destruyendo refugios naturales. FFF no se opone al desarrollo, pero insiste en que debe realizarse bajo regulaciones ambientales estrictas.
Julia resume la filosofía compartida por los residentes comprometidos: “Somos afortunados de vivir en esta isla hermosa, nuestro hogar bendecido. El espíritu de la comunidad es lo que nos sostiene sin importar las circunstancias. Cuidar la isla, su medio ambiente, su gente y fauna es nuestra prioridad permanente”.
Boracay, entonces, no es solo un destino de vacaciones. Para quienes como Julia, Will, Kit y Dian eligieron quedarse, es un laboratorio viviente donde la longevidad, la comunidad y el compromiso ambiental se entrelazan naturalmente.